Veinticinco kilos de equipaje
Muchos años después, Xiaohe probablemente seguiría recordando aquella mañana de septiembre: el equipaje de veinticinco kilos hundido sobre el hombro de su madre, y el modo en que esta caminaba, exactamente igual que cuando carga un costal de grano recién trillado.
La madre lo había preparado la noche anterior. Un viejo saco de rafia de rayas rojas y azules, lavado hasta casi perder el color. La colcha enrollada en un bloque cuadrado y bien apretado; las cajas de zapatos encajadas en las cuatro esquinas; un tarro de judías encurtidas envuelto en tres capas de toalla vieja: «En el comedor de la universidad todo es caro. Cómelas con el arroz; cada céntimo que se ahorra, se ahorra». Y la madre, mientras acomodaba las cosas, no dejaba de murmurar, como si le hablara al propio equipaje.
Ya en la puerta del campus, Xiaohe tendió las manos para cogerlo:
—Mamá, déjame, yo lo llevo.
—Tú mejor agarra bien tu carta de admisión. La madre esquivó sus brazos apartando la cabeza y se echó el bulto al hombro de un solo golpe:
—Veinticinco kilos. Tu madre sí que puede con ellos.
A partir de ahí, Xiaohe no vio ya más que la espalda de su madre. Por la lona de la camisa se extendía una gran mancha de sudor; la correa del saco se le hundía en el hombro, dejándole una marca roja. A Xiaohe se le encogió el corazón: aquella marca roja le resultaba demasiado conocida. Todos estos años, las medicinas del padre, sus matrículas, la luz de la casa: todo había descansado sobre aquellos hombros.
En los últimos tiempos, aquella casa parecía haber recibido el mordisco de algo. El año en que al padre le diagnosticaron un cáncer de estómago, Xiaohe cursaba segundo de bachillerato. Operación, quimioterapia: los ahorros de la familia, como la arena de un reloj, se les escurrían ante los ojos. Poco después, a la madre también le detectaron un tumor estromal. Madre e hija se sentaron una frente a otra en el pasillo del hospital del condado, y ninguna se atrevió a hablar primero. Al final fue la madre la que sonrió:
—¿Llorar, para qué? Hasta mi tumor tiene nombre de letrado: «estromal». Estroma: lo que está en medio, lo de dentro. O sea, que por dentro soy de buena calidad.
El padre, desde la cama del hospital, también rio, aunque la risa le tiraba de la herida. Desde entonces, aquella frase se volvió la ley de la casa: los días se pasan llorando y se pasan riendo; pues los pasaremos riendo.
Y la madre cumplió su palabra. Trabajaba en dos empleos: a las cuatro de la madrugada iba al mercado mayorista a descargar verduras; a mediodía volvía a cocer a fuego lento las hierbas de la medicina; por la tarde entraba en la fábrica a pegar piecitas; y de noche hacía limpieza, de modo que rara vez llegaba a casa antes de las diez. Cuando Xiaohe se levantaba a media noche a por agua, siempre la encontraba sentada bajo la lámpara, contando las cajas de medicinas; y contando y contando, la vencía el sueño, con la cabeza que se le caía a golpecitos, como una gallina picoteando arroz. Xiaohe no se atrevía a hacer el menor ruido: se tragaba las lágrimas, volvía a su cuarto y resolvía un par de ejercicios más. Por suerte la operación llegó a tiempo, y la enfermedad del padre fue estabilizándose: había quedado flaco, pero no había perdido el ánimo, y en los días buenos podía atender su pequeña era de hortalizas en el patio.
El giro llegó sin hacer ruido. Un funcionario del pueblo bajó de visita a la aldea, entró en la vieja casa, levantó la vista hacia las vigas del techo y frunció el ceño. Poco después se aprobó el subsidio de cuarenta mil yuanes para la rehabilitación de la vivienda en ruina; los parientes, unos con trescientos, otros con quinientos, juntaron setenta mil y ayudaron a levantar dos cuartos de chapa. En verano, dentro de los cuartos de chapa hacía calor; pero cuando llovía ya no hacía falta poner barreños a recoger el goteo. Les concedieron el subsidio de subsistencia, y el seguro médico y las ayudas sanitarias fueron cuajando, punto por punto. La madre se lo repetía a cualquiera que encontrara: —Ahora esta vida: si el Estado echa una mano y los parientes echan otra, y nosotros remamos un poquito más, se sigue adelante.
El día en que llegó la carta de admisión, la bocina del cartero resonó a la entrada de la aldea. La madre estaba en la fábrica; al recibir la llamada, se frotó las manos contra el delantal una y otra vez antes de atreverse a tocar aquel papel. Sabía leer poco, así que pidió a Xiaohe que se lo leyera. La hija la leyó una vez; la madre pidió otra; y a la tercera, la madre volvió el rostro y tardó un buen rato en girarse de nuevo.
Todavía no se había apagado el jolgorio en casa cuando sonó en el teléfono de Xiaohe un mensaje de un desconocido. Firmaba Cheng Yuan: «También yo soy un muchacho que salió de la montaña para estudiar, y en su día también crucé el camino ayudado por otros. He visto lo tuyo: en adelante, de tu matrícula me encargo yo; ya buscaré la manera.»
Xiaohe se quedó un largo rato mirando la pantalla y contestó con dos palabras: «Gracias». Lo pensó un momento y añadió una línea: «Con el dinero no hace falta.»
Cheng Yuan no se dio por vencido, y a los pocos días lo volvió a proponer. Xiaohe lo rechazó otra vez:
—Su buena voluntad ya la he recibido, y vale más que el dinero. Lo mío puedo ganármelo: becas, trabajar y estudiar… caminos no me faltan. Si de verdad quiere ayudarme, cuénteme más de cómo se apretó los dientes para llegar hasta donde llegó. Eso sí lo necesito.
A mil kilómetros de distancia, Cheng Yuan leyó aquellas líneas, sonrió, y sin embargo sintió que se le encendían los ojos. Le vino a la memoria que, años atrás, alguien también le había dicho casi exactamente lo mismo.
Más adelante hablaron por vídeo. En la otra punta de la pantalla, Cheng Yuan le decía que podía seguir ayudándola hasta que consiguiera trabajo; en esta punta, Xiaohe estaba sentada a la puerta del cuarto de chapa, y a su espalda una camisa blanca tendida se hinchaba y deshinchaba con el viento. Ella dijo:
—Hermano Cheng, ojalá llegue un día en que esta bondad pueda pasar de mis manos a las de muchos más muchachos que la necesiten.
Cheng Yuan asintió al otro lado. No asentía para que Xiaohe lo viera: asentía para apuntárselo en el corazón.
—¿En qué piensas? Ya llegamos. La voz de la madre trajo de regreso a Xiaohe. Al pie de la residencia, la madre bajó el equipaje, se sacudió las manos, alzó la vista hacia el edificio y se quedó mirándolo un buen rato:
—Bien. Más luminoso que nuestro cuarto de chapa.
Mientras tendían la cama, la madre colocó el tarro de judías encurtidas en la esquina de la mesa, bien derechito, bien encuadrado, como quien expone un tesoro en el altar. Cuando Xiaohe regresó con el termo de agua caliente, vio a su madre de pie junto a la ventana, con la cabeza gacha, mirándose el hombro: la marca roja que le había dejado la correa aún no se le había borrado.
—¿Duele? —preguntó Xiaohe.
La madre se estiró el cuello de la camisa para taparse la marca y sonrió:
—Este pesito no es nada. Tu padre siempre dice que el equipaje de la vida, cuanto más lo cargas, más ligero se vuelve.
Antes de irse, Xiaohe quiso por todos los medios acompañar a su madre hasta la parada del autobús. El saco, ya vacío, lo dobló en un cuadrado perfecto y se lo echó al hombro. Vaya, qué curioso: a la ida habían sido veinticinco kilos; a la vuelta, pesaba como una hoja.
La madre caminaba adelante, con el paso suelto y ligero, y de pronto se volvió:
—Hija, cuando llegues llama a casa. Los días se pasan llorando y se pasan riendo…
—Pues los pasaremos riendo —remató Xiaohe.
Las dos rieron. El sol de septiembre caía sobre los plátanos de sombra de la entrada del campus; soplaba el viento y las hojas revoloteaban con un susurro alegre, como si alguien estuviera aplaudiendo despacio.
Xiaohe pensó que aquel saco vacío se lo quedaría. En los cuatro años que venían lo iría llenando de cosas: de becas, de la credencial de su trabajo de estudiante, de los libros leídos uno tras otro. Y llegaría un día en que también cupiera dentro el equipaje de otra persona.
Ese sería el verdadero peso del camino que su madre había recorrido cargando veinticinco kilos.
(Fin)
Este relato está basado en hechos reales; los nombres de los personajes son ficticios.
Basado en una historia real