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El jazmín desafinado

El jazmín desafinado

Corto 2026-09-08 · 4 min de lectura

Tantos turnos de noche me dejaron una manía: me encanta mirar a la gente.

¿Que ese defecto es malo? Puede ser. Pero nosotros, los de la limpieza, pasamos solos guardando un andén vacío, y la fregona es toda mi conversación; si no miro a la gente, ¿qué más voy a mirar? Después de tanto mirar, hasta saqué mis conclusiones: los que toman el último tren pasadas las once y media de la noche guardan todos, sin excepción, una historia. Está el cocinero recién salido del fogón, oliendo a cebolleta; el oficinista con la mirada vidriosa de tantas horas extra; y esos muchachos con mochilas enormes que se reconocen a la legua como estudiantes extranjeros: traen una capa gris en el rostro, como la escarcha que se posa en el cristal de una ventana.

En este andén hay dos rostros que conozco bien.

Uno es el viejo Joe. Un tipo blanco, grandote, con el pelo más blanco que mi trapo de fregar y una guitarra vieja cuyo estuche ha perdido la pintura de tanto rodar. Suele llegar media hora antes del último tren, se sienta en el banco y toca muy bajito, como si temiera despertar a alguien.

Una vez no pude contenerme y le pregunté:

—Joe, ¿para quién tocas aquí?

Sonrió:

—Los que viajan en el último tren son la gente más cansada del día. Yo toco para ellos.

Con esa sola frase lo di por uno de los míos.

Hace tres semanas, de pronto, me agarró del brazo y se pasó un buen rato haciendo señas. Mi inglés era de medio pelo, sus manos eran torpes, y entre los dos, a fuerza de adivinanzas, acabé entendiéndolo: quería aprender una canción china. Decía que últimamente se veían por la estación muchos muchachos de rostro asiático, con el hogar muy lejos, y que quería tocarles «una melodía traída de casa».

No sé muchas canciones, y enteras, menos todavía. Tras darle vueltas un buen rato, le tarareé una: «La flor del jazmín».

Lo que le costó aprenderla. Aquella voz de bisagra oxidada convertía el «qué hermosa flor de jazmín» en puro desatino. Él mismo lo sabía y se rascaba la cabeza, apenado. Le dije que no importaba, que practicara en casa. Y practicó de veras. Desde entonces, en mis noches lo encontraba siempre en el banco, con los dedos arrastrándose por las cuerdas, murmurando sin parar, como quien se aprende la lección de memoria.

El otro rostro es el de una a la que llamo Osita, porque en la espalda de su chaqueta acolchada lleva estampado un osito de dibujos. Una estudiante extranjera que trabaja en un restaurante chino; ya lleva un mes tomándose siempre el último tren. La envuelve un olor permanente a base de hot pot, y a los pocos minutos de sentarse empieza a cabecear como una boya en el agua, para enderezarse de un salto al llegar su parada.

Me aprieta el corazón verla así. ¿De quién será esta hija, que se vino tan lejos?

Lo malo empezó el viernes pasado.

Esa noche el andén estaba más vacío que de costumbre, y las luces, de un blanco que deslumbraba. Osita llegó primero y se arrinconó en un extremo del banco, con los párpados cayéndose de sueño. Al rato llegó el viejo Joe con la guitarra al hombro, se sentó como siempre y, como siempre, la miró un momento.

¿Adivinan qué? Justo esa mirada torció todo.

La muchacha despertó de golpe, se encogió hacia el otro extremo, metió la mano en el bolsillo y cerró los dedos sobre algo que llevaba dentro, sin apartar los ojos de Joe. Él volvió a mirarla — solo mucho después lo comprendí: quería ver si a aquella chica, tan rendida, le apetecía una canción. Pero a los ojos de una muchacha asustada, aquello era un desconocido grandote que la observaba a escondidas, centímetro a centímetro.

Luces demasiado blancas, andén demasiado vacío, noche demasiado larga. El miedo crece justo así.

Yo seguía fregando, con el corazón en un puño, incapaz de tender un puente entre las palabras de uno y de otro.

Osita resistió unos minutos; de pronto se puso en pie, cruzó los pocos pasos que la separaban de Joe, sacó un billete de un dólar y lo dejó caer en el estuche. Desde mis diez pasos vi su boca apretada y la barbilla en alto, y el gesto lo decía todo: tome el dinero y no me siga.

Joe se quedó pasmado.

Miró el billete dentro del estuche, y luego los hombros tensos de la muchacha. Durante dos o tres segundos vi pasar por su cara primero el desconcierto; después se le encendieron un poco las orejas; y al final, aquello que llevaba en los ojos se le fue ablandando, blando como mantequilla derretida.

Había entendido.

Le hizo un gesto con la cabeza, apenas un movimiento, bajó la vista, posó los dedos en las cuerdas y se quedó quieto medio compás.

Las dos primeras notas salieron temblorosas, y la tercera salió fallada. Pero entre tropiezos, la melodía se fue poniendo en pie: «qué hermosa flor de jazmín» — renqueante, tartamuda, con medio compás de retraso, pero sin posibilidad de error: aquello era, ni más ni menos, «La flor del jazmín».

Osita se daba ya la vuelta para irse, y ahí se le clavaron los pasos.

Giró despacio la cabeza y se quedó de pie, escuchando. El viento entraba a ráfagas en el andén desde la boca del túnel, y aquel jazmín desafinado florecía en el andén vacío, una flor, y otra flor. Vi cómo los hombros de la muchacha se le iban cediendo centímetro a centímetro, como la nieve que se derrite en un tejado.

Llegó el tren y el viento arreció. Ella subió a un vagón sin nadie. Justo antes de cerrarse las puertas la vi por el cristal: de golpe se cubrió el rostro, con los hombros sacudidos a tirones.

Esta vez no era miedo. Era ese otro llanto, el que se lleva medio año aguantando y por fin se atreve a salir. Lo sé bien. Hace treinta años, el día que aterricé aquí, también yo no conocía a un alma, y lloré en el baño del aeropuerto hasta quedarme las piernas dormidas.

Joe siguió tocando, tocó hasta que el tren se tragó la música dentro del túnel.

Este viernes, Osita volvió. Esta vez no se arrinconó en el otro extremo del banco: se sentó justo al lado de Joe, con una lata de té entre las manos, cubierta de jazmines verdes. Se la tendió y dijo «xièxie» —«gracias»—: dos sílabas apenas, ligeras y veloces.

Joe la recibió con la solemnidad de quien recibe un trofeo. Señaló el estuche — me acerqué a mirar: el billete de un dólar estaba pegado, bien derecho, con cinta transparente en la tapa interior.

Abrió una sonrisa de oreja a oreja y, con esa voz suya de bisagra oxidada, pronunció lo único presentable en chino que ha dicho en toda su vida:

—Mòlìhuā. «La flor del jazmín».

Reímos los tres. Ya ven: la bondad a veces desafina, a veces llega tarde y a veces hasta la confunden con un maleante. Pero basta con que se decida a hablar para que siempre encuentre la melodía que la lleva de vuelta a casa.

Los turnos de noche seguirán siendo míos, y yo seguiré mirando a la gente. Miren, no: el andén vuelve a cubrirse de jazmines en flor — florecen a miles de kilómetros de casa, florecen para dos personas que añoran la suya, y florecen también para esta vieja que tanto gusta de mirar a la gente.

(Este relato está inspirado en hechos reales; todos los nombres son seudónimos.)

Basado en una historia real

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